Éste es un dilema al que, conscientemente o no, todos nos encontramos al pasar por la autoescuela. De hecho, seguramente llegará a condicionar la elección del centro; confiaremos nuestra suerte a un profesor con ganas de enseñarnos, o bien caeremos en la tentación de una oferta que promete rapidez.

Si estáis leyendo un blog de Seguridad vial, seguramente es porque ya estáis mínimamente concienciados del tema, y por lo tanto supongo que la respuesta de la mayoría sería «aprender a circular, no a hacer el examen». Y yo estoy de acuerdo, claro. Os invito a compartir mis reflexiones sobre este tema. Y, por supuesto, a decir la vuestra.

No obstante, como esta tarde argumentaba en otro sitio, el hecho de que exista un examen, significa que por desgracia también debe haber cierta componente de lo segundo. Dado que no se ha inventado un método que permita certificar conocimientos y aptitudes mediante una sonda cerebral, el examinador puede basarse únicamente en lo que ve.

Y si sólo se puede basar en lo que ve, pasado por el filtro de su experiencia como profesional que se dedica a ello, significa que para el alumno es importante no sólo saber, sino también saber demostrar que sabe.

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